
http://www.20minutos.es/noticia/481899/0/nogmo/nazi/polemica/
La imagen no deja lugar a dudas de la ideología ária del pitufo.

Y justo entonces, mis padres adquirieron la sana costumbre de marcharse fuera los fines de semana y su casa se convirtió en el epicentro de una buena cantidad de juergas. A la que cerraban la puerta aparecían por allí unos cuantos amigos y ya estaba armada. Exceptuando algunas copas que aparecieron en los rincones más insólitos, un parqué levantado (que aún no sé cómo fuimos capaces, mi hermano y yo, de explicar a mis padres) y un par de desafortunadas visitas de los bomberos, nos lo pasabamos en grande: uno hacía la comida, el otro traía un postre, el de más allá traia unas películas, los últimos discos o un cono de tráfico. Y el disco de Madness, a estas alturas con un rayado aquí y un salto allá, sonando a toda pastilla hasta altas horas de la mañana. Creo que fue Arturo el que, acertadamente, acuñó la expresión "pasarlo mejor que los Madness". En fin, buenos tiempos...
Esta versión fue el detonante.
Corrían mis tristes dieciséis y a la hora de la merienda se podían visionar por la tele vídeos musicales, en lugar de los aullidos de la jesulina. Quedé hipnotizado por la música y las imágenes. Teníamos una misión: Había que conseguir como fuera aquella canción. Tocaba ahorrar el dinero del desayuno durante un par de semana y peinar las tiendas de discos hasta encontrarla. Dimos con el disco en el Corte Inglés de Preciados (escribo “dimos” porque en aquellos días la consecución de un vinilo no era un trabajo solitario sino solidario, junto a David y Sergio: la primera obligación era pasarlo a cinta y que rulara). A día de hoy es uno de los temas más manoseados de la historia del pop pero entonces sonaba igual que un secreto. ¿Y el resto del disco? Impepinables canciones, llenas de arreglos increíbles, magníficos músicos y una actitud que transformaba el punk en hedonismo y elegancia, que era lo que pedía el cuerpo. Y conga, conga a raudales. Aquel vinilo se convertiría en el más bailado de mis fiestas adolescentes hasta quedar fundido por mil batallas, pero eso os lo cuento otro día.
“Nunca he echado de menos el instituto. Que nos echaran fue lo mejor que nos pudo pasar; a nosotros y a ellos. Si no nos llegan a echar, tal vez sería un estudiante universitario. No lo veis, pero ahora estoy haciendo el gesto con el puño que significa hacerse un millón de pajas.
¿En el instituto? No le caíamos bien a nadie, nadie nos caía bien a nosotros: reciprocidad al menos.
Pasamos mañana tras mañana haciendo campana, evitando a profesores y tutores y al resto de alumnos, idiotas con mochila, pijos con acné e ictericia, niñas tontas, los camisapordentro y los raya-al-lado y los calcetinderrombos, los cenadeparejitas y los tengoexámenes y los dejamelosapuntes. Viejos prematuros, cagados de vivir pensando en hacerse mayores. En sus carreras.
Para nosotros solo existía una carrera. La de obstáculos.”
Rompepistas - Kiko Amat
Me asombra la escasa importancia que los textos de gramática dedican al silencio. A mi juicio, los silencios pueden conjugarse casi igual que los verbos.
En pasado: Mejor olvidamos lo de anoche.
En presente: Fingiré no haber escuchado eso.
En futuro: Hagámoslo; qué importan las consecuencias.