Tuesday, November 13, 2007

ALTA VELOCIDAD

En una entrevista, la Mala Rodríguez refiere que lo que más llamó su atención al aterrizar en los madriles, fue lo rápido que andaba la gente. “¿A dónde irán?” se preguntaba. Baroja desconfiaba de los que caminaban demasiado rápido. Y, servidor, cada vez que regresa de vacaciones, vuelve con el propósito de no contagiarse del síndrome del correcaminos que nos posee a los madrileños: no hace mucho, leía en la prensa una de esas útiles encuestas que refería que somos la ciudad del mundo dónde más rápido se camina. Inevitablemente, como en aquella secuencia de El club de los poetas muertos, al cabo de unos días, me descubro siguiendo el paso de mis conciudadanos o con la lengua fuera detrás de un autobús. Entonces me detengo y recito mi mantra: “Despacio, despacio”.

El pasado verano, durante un viaje en avión, discutía con mi hermano sobre las ventajas que tendría la teletransportación y me contestó algo de verás inteligente: que el viajero necesita del tiempo del viaje. Es cierto: si de veras es viaje, debe poseer un componente catártico, y los individuos necesitamos de esas horas, que proporciona el vuelo o el trayecto en tren, para aclimatarnos a la realidad que nos espera.

Igual que Nietzsche, desconfiemos de toda idea que no se nos ocurra caminado. Pero cantemos con Josele, aquello de “Soy un tío pausao, calmo, lo seré mientras pueda...”

9 comments:

Nosequé said...

Amén!!

Fizz said...

Tu hermano dijo eso antes del viaje a Estepona.

Franziska said...

Me acaba de rechazar un comentario. Es una prueba para ver qué pasa.

Franziska said...

Estoy completamente de acuerdo con todo el tema y añado: a mí me ocurre una cosa bastante extraña. Los viajes me resultan mucho más largos a la ida que al retorno a casa. Esto me ha pasado siempre.

Anonymous said...

De alguna forma, veo necesário ese ´limbo preparativo temporal´ que son los viajes.
Uno descansa de lo que deja para trás y se prepara para lo que viene.

Pero, también te digo, un par de horitas y es suficiente.

(y si te llevas el mp3 y un par de petas buff)


Besos


Ci.

Anonymous said...

La prisa, la necesidad de ocupar y apurar cada momento con las más variadas tareas, nos ha privado del puro placer del desplazamiento.
El viaje no es sólo el paréntesis temporal para prepararnos ante lo que se avecina o para poner en claro lo que hemos vivido, sino una experiencia más del viaje mismo.

La lectora de la Costa Brava.

Laura said...

Sobre lo de la velocidad andariega del madrileño recuerdo el comentario de una amiga de la facultad en un viaje que hicimos a Segovia: ´"qué despacio que anda la gente aquí, parecen los extras que se pasean por delante en Farmacia de Guardia (la serie, se entiende, era la época, es decir, hace añosyañosyañosyaños)"
A mí me encanta el tiempo del viaje, y ya sé que a muchos les parece una tortura pero mi viaje anual en tren de 10 horas a Coruña me encanta, es el único momento en todo el año en que me puedo permitir el lujo de leerme una novela del tirón, bueno dos, una a la ida y otra a la vuelta.

Miguel B. Núñez said...

que razón y que bien contado!

tu hermano, por cierto, es un sabio, eso ya lo hemos notado con sus aportaciones a tus post!

Cigarra said...

Qué peso me quitas de encima, con el complejo que me daba a mi eso de andar despacio, entre tanta gente corretona. Tengo una compañera que es un suplicio atravesar el patio con ella, me lleva desempedrando. Con lo que a mi me gusta charlar mientras camino, me quedo sin resuello.
Y lo del tiempo de viajar, qué gran verdad. A mi el avión, con lo que me gusta volar, me parece antinatural por eso: ahora estoy aquí, ya estoy allá.¡uf! Con lo bonito que es ir viendo pasar los arbolitos, las casas, los campos...
Y qué tiempo de charla tranquila, si se viaja acompañado. Un placer doble.
La prisa es una forma de la mala educación.