Monday, November 05, 2007

TARDES DE CIRCO

El mago abría la función, convenciendo a los niños de que, para cumplir sus sueños, tan solo debían desearlo con fuerza. A continuación, actuaba el forzudo, concentrándose frente a sus pesas durante largo rato, al cabo del cual se cansaba de desear y desengañado, acometía su número: lo único que levantaría las pesas sería su esfuerzo.

10 comments:

tu hermano said...

el mago no seria Angel Cristo por que sino no se explica!

Franziska said...

Siempre estamos dispuestos a creer en aquello que nos exija el menor esfuerzo.

Laura said...

Sí, qué cierto y qué triste. Me temo que alguno aprendemos eso demasiado tarde.

mario said...

laura, si te sirve de consuelo, no eres la única que tardó en aprender esta lección

kelly preston 1985 said...

bueno, los hay que sólo salen a hacer el pasayo.
Me quedo con el forzudo ;-)

David said...

Es que para que se cumplan los deseos a veces hay que usar los músculos...

Franziska said...

Franziska dijo...
Mario algún tufillo te ha llegado a la nariz. El trabajo de la señora Contreras contiene dos máximas del libro de Jardiel Poncela, "Máximas, mínimas y otros aforismos" son:

-Lo único que le interesa a un hombre de la cabeza de una mujer es el pelo.
-Cuando un hombre ama a una mujer lo hace porque no tiene a otra a quien amar.
Voy a pegar este comentario en tu blog porque, de otro modo, se perdería mi respuesta y creo que merece la pena la aclaración.

14 de noviembre de 2007 8:14



Hasta ahora he sido seria.
Más seria que una bisagra.
Pero, a partir de ahora,
me voy a reír, señores,
de todo cuanto haga falta.
Si es necesario, de mi misma
y empezaré sin tardanza.

Es que yo no me comprendo.
Cuando era niña, era lista:
casi un fenómeno, creo;
pero me entraron las prisas
por conseguir mi chavola
que me casé sin pensarlo
con mi vecino Eduardo.

Elegimos nuestro piso
en un lugar de improviso:
a veinte leguas del metro
y a un paso del Aeropuerto.
Y hay que reconocer
queda dentro del estruendo
y de Madrid queda lejos.

Siempre infalible y exacto,
a las 4,35 volaba un temible reactor.
Me despertaba temblando de ira.
Me acordaba del ministro,
de toda su parentela
y lamentaba muy seria
que no hubieran trasladado
a esta hermosa periferia:

al Ministerio de Fomento,
al Palacio de la Zarzuela,
a la Comunidad de Madrid,
a su excelentísimo Ayuntamiento,
y a los Servicios Sociales
de la señora Botella.

Puse todos mis ahorros
para comprar un sofá
de color verde ceporro
que decoré con cojines de ganchillo
y un cenicero amarillo.
Porque el amarillo era el símbolo
de la fidelidad conyugal,

compré una colcha amarilla.
Amarillos los cojines,
las mantas y los manteles;
las sábanas y toallas;
amarillas, las paredes.
Y Eduardo me decía:
En esta casa

–para que todo esté en juego-
sólo a un chino,
se echa de meneos.
-No exageres:
aún nos falta una sopera,
un armario en el pasillo
y una nueva encimera-.

Siempre fui más fiel
que la balanza romana
Pero… preguntarle a Eduardo.
Su peso se desnivela
como una locomotora
que avanzara traidora
por la calle de Serrano.

De mi mucho discurrir
fue muy duro colegir
que de mi fecunda cabeza
a Eduardo sólo el pelo le interesa.
Y yo tuve poco pelo, poco seso,
y menos sentido común
del que fuera necesario

para salir de mi armario
el día que me escondí en él
para ver qué sucedía
entre Eduardo y la rumana María.
¡Qué gracioso mi Eduardo
haciendo el oso
y otras mil monerías!

Pero, sobre todo, hablando en caló rumano
yo lo encontré en más desuso
que un paraguas en verano.
Llegó un momento, os juro,
llorando estaba de risa
y sin poder contenerme,
fui y me mee en sus camisas.

¡Qué gracioso mi Eduardo
caminando a cuatro patas
para terminar diciendo
que había perdido su bata!
Pero, Eduardo ¿Qué estas diciendo?
Tú nunca has tenido bata…

-Eduardo, no te apures
que ahora lo arreglamos todo
entre mi menda y María la asistenta.
Y si ella está de acuerdo,
en el traspaso de tu uso y tu persona,
se lo cedo muy barato
y el cenicero amarillo,
con gusto se lo regalo.

En mi tierra, dijo la rumana
–en un castizo lombardo-
se devalúan las cosas
que son de segunda mano.
Con lo que pagó por ti
me compré una cantimplora,
unas chirucas y un bolsita de chufas.

Y airosa me marché
a lucirme en el café
de aquel poblado
de absorción tardo-romano
a contarle a mis amigos
que ya habíamos terminado.

La lección de este enorme drama humano
es que un hombre,
cualquier hombre,
-eso no importa-
sólo ama a una mujer
cuando no tiene otra más a quien amar.

Franziska said...

Se ha colado todo el texto al que hacía alusión. Perdona no ha sido esa mi intención. Si quieres, puedes eliminar esa entrada cuando lo hayas leído. ¿De acuerdo? Gracias.

mario said...

nada, nada. el libro de visitas está para lo que querais. agradecido

Raquel Márquez said...

A mí me parece una lección muy útil para la vida. Lo ideal es darte cuenta antes de los 20, pero si es a los 50 mucho mejor que nunca!